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18 octubre 2017

Casi




Me le acerqué al único hombre del bar que bebía un vaso de gin tonic. Suelen ser más sofisticados, tranquilos, algo tímidos, menos vulgares, exquisitos y buenos amantes. En segundos fingí ser una hábil seductora. Me quedó tan bien el teatro que el hombre se volvió más tonto que nunca y me lanzó algunos piropos de su autoría. La chica, parada detrás de él, echaba chispas. Tenía la boca fruncida, el entrecejo hundido de la rabia. ´´Vámonos, que se nos hace tarde´´ le ordenó al hombre y lo llevó casi a rastras, a pesar de que él se quería quedar hablando conmigo y yo quería seguir jugando a la femme fatale. ‘’Esta vez casi ganas’’, masculló la chica entre dientes. Y se alejaron.

12 septiembre 2017

Cuentos para pasar el rato- Versión impresa

El primer ebook de Cuentos para pasar el rato se puede conseguir ahora en su versión impresa.
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13 agosto 2017

El lago




El lago le causaba una curiosidad imposible; así que a veces se escapaba de clases bajo cualquier pretexto y se iba a contemplarlo. Su madre le tenía prohibido ir sola. ‘’¿Y si te caes? ¡Tú no sabes nadar!’’, le decía. Pero su madre era muy temerosa e insegura y tenía muy poca confianza en ella, su hija. Por tanto, escaparse a veces para ir al lago era una muestra silente de su madurez y también de su rebeldía. ¡Su madre tenía que saber con quién estaba lidiando!, aunque claro, nunca lo sabría, a menos que la descubriera y eso nunca pasaría.
Amaba la libertad que le daba el estar sola ante la inmensidad del lago. Sus aguas tranquilas desvanecían cualquier preocupación innecesaria a sus 11 años. Jugaba a tirar piedrecillas y ver cómo formaban tímidas ondas en la superficie. A veces se quedaba absorta observando el agua calma. Otra veces vagaba por la orilla y se quedaba lo suficientemente cerca hasta hundir los pies en la arena húmeda.
La tarde que decidió no ir a la escuela (aunque se despidió de su madre como todos los días) tomó el camino de siempre, pero a la mitad, se desvió adrede, tal y como había planeado. Sin embargo, había mucha neblina. Tuvo que detenerse varias veces para que sus ojos se acostumbraran a la poca visibilidad. Tenía la certeza de estar en el camino correcto. ¡Lo había recorrido ya tantas veces! pero la densa neblina la hizo dudar.  ¿Retrocedería o seguiría avanzando? El invierno sería implacable como todos los años y ella tendría que esperar durante largos meses para poder volver al lago. Decidió entonces avanzar, después de pensarlo mucho. No había marcha atrás.
Dos horas después y sin saber cómo, creyó llegar al lago. El escenario parecía tan diferente. Se veía pequeño, oscuro. La vegetación parecía muy densa, como si fuera a abalanzarse sobre ella y devorarla. No parecía su lago del todo. El ambiente mostraba ya su cara menos amable, todo estaba casi marchito, los árboles desnudos y sin gracia y la pátina transparente y cruel del hielo comenzaba a congelarlo todo a su paso.
Se detuvo en la orilla, no sin antes quitarse la mochila y dejarla en el suelo. Gritó: ‘’¡Llegué!’’ y el eco de su grito resonó en el silencio del lugar. Se agachó y tocó la superficie con los nudillos, como si tocara una puerta, para cerciorarse de que estaba lo suficientemente dura para soportarla. Avanzó unos diez pasos. Observó el lago a sus pies: transparente, casi congelado. Era todo tan raro. Desestimó su aprehensión infantil. Dio otros diez pasos sin percatarse de que la neblina se había hecho más densa y dificultaba la visión. La aprehensión dio entonces paso a la maravilla. Se sintió poderosa y feliz. Continuó caminando tan segura de sí misma que cuando el hielo empezó a resquebrajarse en su parte más fina, ella no lo notó; al contrario, siguió avanzando, convencida de que llegaría al centro del mismo lago.
El hielo, mucho más delgado y frágil, dado que aún no era del todo invierno, fue cediendo ante el peso de la niña. Los últimos ocho pasos que logró dar hicieron que el hielo cediera por completo y que fuera tragada sin misericordia hasta el fondo del lago. El frío congeló sus pulmones en segundos y quedó atrapada con una expresión de sorpresa en su rostro de niña. El agujero que formó su cuerpo en el hielo fue instantáneamente llenado por la misma pátina transparente y cruel que cubría el lago.
La terrible neblina hizo que se suspendieran las actividades en el pueblo y los niños fueran enviados de regreso a sus casas, alrededor de la una de la tarde.
La madre aguardó a que la niña volviera. En vista de que no llegaba, llamó a la directora: ‘’No vino hoy a clases. Pensamos que no la había mandado dado el mal tiempo’’. Se sentó de golpe y empezó a sentir cómo el pecho se le iba oprimiendo. Algo muy malo había pasado. A su niña. A su única niña. Comenzó a llorar. Sin pensarlo, salió de la casa hasta la estación de policía. No se podía ver nada, no reconoció el camino, así que desesperada tuvo que volver sobre sus pasos como pudo, aterida de frío y muerta del pánico. Al llamar a la estación, le informaron el protocolo: ‘’Hay que aguardar 48 horas para declararla como perdida’’. Y fue justo 48 horas después que la policía comenzó la búsqueda.
El último sitio en el que buscaron fue en el lago. En la orilla encontraron la mochila, que fue reconocida por la madre. Rastrearon la zona lo más que pudieron. El lago casi congelado no dio ningún indicio de haberse devorado a la niña porque no permitió dejar rastros.
El tiempo, sin embargo, fue avanzando inexorablemente. La angustia había también avanzado en la madre, quien no había dejado de buscar a su hija. Había adelgazado. Unas ojeras perennes habían hundido sus otrora vivaces ojos azules. El cabello, antes rubio y ahora mustio, permanecía siempre preso en una suerte de moño desordenado en la nuca. Parecía desorientada la mayor parte del tiempo, siempre triste, siempre sola.
Fue finalmente en una primavera cualquiera, durante la época de deshielo, que el lago decidió devolver lo que había tomado prestado seis largos años antes: la niña de 11 años. Primero, el cuerpo fue ascendiendo desde el fondo, poco a poco. Formaba burbujas a su alrededor. La fauna del fondo bailaba también a su alrededor. La niña ascendía con los brazos hacia arriba, los ojos abiertos, la boca abierta, las trenzas en su sitio, la falda, las medias, las botas, la camisa, el abrigo. Todo en su sitio. Cuando las manos chocaron con la gélida superficie del lago, la niña despertó y empezó a luchar por salir de su prisión de hielo. Golpeó lo más que pudo con sus débiles nudillos la superficie, hasta que se resquebrajó del todo, se rompió en cristales de colores y ella pudo salir, después de tantos años. Sacudió la cabeza con fuerza, de un lado a otro, tratando de hacer despertar a sus pulmones, que reaccionaron con prisa. La niña soltó entonces un grito sordo: ‘’¡Llegué!’’.
Como pudo salió del agujero de hielo y se dirigió a gatas hasta la orilla, hasta desplomarse. Respiraba hondo y exhalaba. Cuando se recuperó lo suficiente, se levantó y observó el paisaje. Era su lago. Pero ¿cuánto tiempo había estado ahí? ¿Y la niebla? ¿Ya era primavera? Dio algunos pasos. Tenía mucho frío. Empezó a andar. Empapada como estaba, apretó los puños y apuró el paso. Tal vez llegaría antes que su madre y si todo salía bien, ella nunca sabría que había faltado a la escuela por ir al lago.
Llegó corriendo a su casa y decidió entrar por la parte trasera. Eran casi las seis de la tarde cuando abrió la puerta con cuidado, de manera de hacer el menor ruido posible. El fogón estaba encendido. Se acercó un poco para entrar en calor, que le devolvió el aspecto rosa de siempre a sus mejillas. Estuvo parada ahí unos minutos, hasta que el sonido de los pasos de su madre y el grito que esta profirió al verla, la hicieron saltar. ‘’¡Mamá!’’ le dijo y la miró aterrada, a sabiendas de que ahora vendría un castigo. ¡Maldición! ¡Había calculado mal el tiempo y su madre había llegado antes! Pero, ¿era esa su madre? La mujer envejecida que la miraba sin poder articular palabras se parecía a su madre. Era y no era ella. La madre se le fue acercando poco a poco. La niña se fue encogiendo, segura de que ahora vendría una buena tanda de golpes por haber faltado a la escuela. Pero en vez de eso, la madre cayó de rodillas, llorando. La abrazó como solo se abrazan a las personas que se creían del todo perdidas. No le importó que la niña estuviera empapada y helada. No le importó que estuviera muerta del miedo. Sólo la escondió entre sus brazos.
‘’Mamá...no es para tanto. Perdóname, no quería ir a clases hoy’’.
Rodeó con sus brazos el cuello de la madre, la besó en la mejilla y apoyó la cabeza en su hombro. La madre sólo lloraba y le acariciaba el cabello. Después de varios minutos, logró decirle: ‘’Has vuelto a casa, mi amor. Por fin has vuelto’’.

10 julio 2017

Las sogas



‘’Sólo escuché cuando no sé quién me dijo: ‘’No las até fuerte’’, como en una suerte de susurro, tan cerca de mi oído que pude oler su aliento, a pesar de la lona que me cubría. Yo estaba aturdido, por decir lo menos, y en el momento no entendí nada. Y mucho menos entendí cuando caí, como un saco de papas, al agua.
¡Plaf! Ese sonido aún me acompaña. El sonido de mi propio cuerpo cayendo al agua fría. No es cierto que uno puede superar los traumas. Simplemente se aprende a vivir con ellos. Es lo que hice. Nunca más me metí al mar, ni al río. Nunca más. Y aprendí a sobrellevarlo. Total, no es que yo fuera un pez. Podía vivir sin entrar al agua.
Me parece mentira haber vivido todo eso y sin embargo, lo hice. Fue a mí a quien secuestraron, a quien torturaron y a quien arrojaron al mar desde un avión. Fue a mí y sé que a varios otros, gente que no conocía, pero sólo a mí no me ataron como creían ellos que deberían haberme atado, fuerte, para no soltarme.
Esa noche, casi sin conocimiento y con el agua apoderándose de mis pulmones como si fuera el propio aire, me solté. ‘’No las até fuerte, no las até fuerte’’ era lo único que resonaba en mi cabeza. Cuatro palabras que no entendí del todo, pero que fueron como una orden que obedeció mi cuerpo.
Y me solté, como pude, como si fuera Houdini. Salí a flote, desde el fondo. Cuando lo hice, respiré tan hondo y expulsé tanta agua que creí que me iba a morir en serio. Hubiese sido irónico que después de tanto, me hubiera muerto justamente al respirar del todo.
Me quedé flotando un largo rato. Tenía todo el cuerpo acalambrado, así que me dolía cualquier movimiento que hiciese o intentase hacer. Cerré los ojos y me dejé llevar. La verdad no sé qué estaba esperando. No podía, y tal vez ni quería pensar.
No sé cuánto tiempo pasó. Cuando pude, nadé hacia la orilla y debí haberme desmayado porque no tengo recuerdos exactos de nada. No sé quién me auxilió, no sé de quiénes eran las voces que me rodeaban, ni los brazos que me levantaron y sostuvieron y me llevaron a no sé dónde.
Yo había perdido toda noción de absolutamente todo, pero cuando pude, hui. No podía confiar en nadie. La vida, traviesa y a la vez cruel, me estaba dando otra oportunidad. Así que hui. Estuve viviendo mil vidas desde ese mismo momento.
Fui varias personas, tuve varios nombres, hasta que pude recuperar mi identidad. No porque lo dijera un documento, sino porque había decidido volver a tener mi vida, la que mis padres habían proyectado para mí, la que yo mismo había pensado para mí antes de que todo este desastre y confusión pasaran y me llevaran consigo por delante. Ahí detuve mi propia huida.
Si me preguntan si soy un sobreviviente, no sé qué responder. Me imagino que sí. Pero a veces creo que no. Yo todavía siento esa noche y oigo el sonido de mi propio cuerpo cayendo al agua fría. Es la escena más terrible de mi propia película. ¿Pasó alguien por lo mismo? ¿Puede alguien verdaderamente entenderme?
Cuando volví al barrio, a casa, al abrazo salvador de mis padres y hermanos, yo era otro y sin embargo el mismo. Después de mucho comencé con todo esto, para tratar de no ser un número más, una estadística más, un desaparecido sin serlo más. Por eso estoy hoy aquí, ante ustedes. Para que todo se sepa’’.
El hombre se sentó, firme. Cerró los ojos, respiró hondo, muy hondo, y permaneció en silencio. Cada aplauso que resonaba en la sala, cada persona que se fue poniendo de pie para aclamarlo, era una ola de aquella noche que lo sostuvo flotando, hasta llevarlo a la orilla, para salvarlo.
De repente, sintió una mano sobre su hombro derecho y una voz, cascada por el paso del tiempo que le dijo ‘’no las até fuerte’’ como en una suerte de susurro, tan cerca de su oído que pudo oler su aliento. El hombre abrió los ojos sobresaltado. Se dio la vuelta, se levantó del asiento casi de inmediato. Pero había mucha gente palmeándolo, rodeándolo, casi sofocándolo. Todos querían estar cerca de él, el héroe.  No alcanzó a ver de quién era esa mano. No supo quién lo había soltado esa noche y que ahora estaba ahí, cerca. Ahora.
Se irguió y gritó con la misma fuerza que usó esa noche cuando expulsó toda el agua de mar de sus pulmones: ¡Gracias! Y todos, sin saber el porqué real de ese grito firme y tajante, lo aplaudieron de nuevo a él, el héroe.


11 junio 2017

La gallina


Corre. Lo más rápido que puede. No sabe bien adónde ir, pero corre. El matorral es espeso, denso, pero él no lo nota, tan sólo corre. Se resbala varias veces. Otras cae. Está casi sin aliento, pero debe continuar corriendo. Tiene la camisa pegada al cuerpo, el sudor empapa todo su cuerpo. Sabe que están detrás de él, muy cerca y si lo atrapan…
Corre. Cuanto puede, aunque el corazón se le salga por la boca, corre. Sin rumbo, pero corre. Lo más rápido que puede. Debe parar por segundos para tratar de respirar un poco, al menos. Se detiene. Curva el cuerpo y apoya ambas manos sobre las rodillas. Respira con desorden por la boca, la nariz. El cabello cae sobre el rostro empapándolo aún más de sudor. Observa sus manos, con la sangre ya seca cubriéndolas aún. Observa su ropa, con rastros de sangre todavía fresca. Su respiración se hace más entrecortada. Tiembla. Tiene que seguir huyendo. Si lo atrapan…
Cuando se incorpora nota el humo. ¿Una casa? ¿Una fábrica? Empieza a escuchar las voces a lo lejos. Vienen por él. Oye los ladridos de los perros. Debe continuar. Cada segundo que pasa, pone su vida aún más en peligro.
Comienza a correr de nuevo, esta vez buscando el origen del humo. Al aproximarse ve de dónde proviene: una humilde casa de adobe, con un cobertizo de paja para la leña, un pequeño huerto y un gallinero. En la entrada hay un perro viejo que dormita.
Contiene el poco aliento que le resta y se acerca con sigilo. Observa al perro, que no detecta su presencia. Observa la casa y sus alrededores. Cuando está lo suficientemente cerca, se asoma por una de las ventanas. El interior de la casa es aún más precario que el exterior. Un solo ambiente, dividido por sábanas, sirve de cocina, comedor y habitación. Hay dos catres, uno junto al otro y un colchón grande en el piso, en el que dos niños pequeños duermen abrazados para espantar el frío. Puede ver detrás de una de las sábanas las siluetas de dos adultos, un hombre y una mujer. El hombre está sentado en un banco y mira hacia la nada. Sostiene una taza humeante de café entre sus grandes manos. La mujer está de espaldas, inclinada sobre el fogón. Cuando termina de beber el café, el hombre se levanta, le entrega la taza a la mujer y la besa con ternura en la frente, al tiempo que le dice: ‘’Me voy a la faena’’. Lentamente sale de la casa y en la entrada se agacha para acariciar al perro, que responde lamiéndole la mano, resoplando y moviendo la vieja cola.
Desde la ventana, ha seguido con atención todos los movimientos del hombre. Si entra a la casa, puede robar algo de comida y algo de ropa. Es más fácil si el campesino no está porque podrá dominar a la mujer y a los niños, si llegaran a despertar. Sin embargo, el campesino bordea la casa y se dirige al cobertizo, de donde sale con un hacha, y después enfila hacia el gallinero.
El corazón del hombre se paraliza. Tiene que pensar y actuar rápido para evitar ser descubierto, así que sin hacer ruido, entra al gallinero. Su presencia provoca el cacareo y la inquietud de las gallinas. Nota que hay fardos de paja y es justo detrás de ellos que se esconde lo mejor que puede. El campesino entra escasos minutos después. ‘’¿Qué pasa que amanecieron tan contentas?’’ dice, al tiempo que esboza una cálida sonrisa.
Oculto detrás del fardo, el hombre observa toda la escena. El campesino coloca el hacha sobre el tronco que le sirve de apoyo para matar gallinas, toma una vieja cesta de mimbre y va jaula por jaula recolectando los huevos. Una vez que termina, recorre con la vista las jaulas, abre una sola y saca una de las gallinas, que aletea y cacarea sin cesar. El campesino le agarra con fuerza el pescuezo y lo tuerce hasta que oye el familiar ‘’crac’’. El ave queda entonces sin vida en sus manos. Coloca el cuerpo en el tronco, toma el hacha y le corta la cabeza que le salpica el pecho de sangre sin querer. ‘’¡Ah, carajo!’’ exclama. Termina de faenar la gallina y sale del gallinero en dirección a la casa. El hombre sale de su escondite improvisado, no sin antes quitarse la camisa y lavarse como puede con el bidón de agua que encontró en el gallinero. De repente, se percata de las voces de los hombres que aún lo buscan y de los ladridos de los perros, que parecieran estar cada vez más cerca. Esconde la camisa ensangrentada entre la paja y se oculta de nuevo detrás del fardo. Con algo de suerte, los hombres y sus perros pasarán de largo y él podrá reanudar la huída.
Mientras, el campesino le dice a su mujer, desde la puerta: ‘’¡Agarre la gallina! ¡Mire cómo me dejó!’’. La mujer toma una olla grande y coloca dentro al ave, no sin antes decir: ‘’¡Qué buen sancocho tendremos hoy!’’. Ambos ríen. Los niños, ya levantados, corren a ver a la gallina y gritan y ríen con el escándalo propio de sus años. El campesino se aleja de la casa hacia el cobertizo. Justo en ese momento, seis gendarmes y tres perros lo rodean. El hombre los mira sin entender nada. Tiene las manos aún cubiertas de la sangre fresca de la gallina, así como la camisa. ‘’¡Que no se escape!’’. Dos gendarmes lo golpean hasta dejarlo inmóvil en el suelo. Los perros ladran con vehemencia. Ante tal alboroto, la mujer sale de la casa gritando: ‘’¿Pero qué está pasando, Dios mío?’’. Desde el gallinero, el hombre observa toda la escena y logra escuchar partes aisladas de lo que dicen: ‘’Lo estábamos buscando’’, ‘’…porque asesinó a…’’, ‘’¡no es posible!’’, ‘’sólo era una gallina…’’.

Los gendarmes esposan al campesino y se lo llevan a rastras. La mujer los sigue llorando, con las manos en la cabeza, pero los gritos de los niños la hacen regresarse. Dentro del gallinero y aún atónito, el hombre se persigna al tiempo que dice: ‘’¡De la que me salvé!’’. Sale sigiloso en dirección al cobertizo y una vez dentro, encuentra un pantalón de montar y una camisa vieja. Al fin puede deshacerse del resto de su ropa, aún salpicada de sangre, que esconde debajo de algunos troncos para leña. Encuentra también un viejo sombrero de paja, se lo coloca de manera que le oculte el rostro lo más que pueda y sale sin ser notado del cobertizo, sin rumbo fijo, pero seguro hacia su nueva vida.

08 mayo 2017

Te buscan


‘’Te buscan’’, dice la chica.
‘’¿Quién?’’, pregunta la mujer, sin levantar la vista de lo que está haciendo.
‘’Un hombre. Me dijo el nombre pero me olvidé. ¡No puedo ocuparme de todo!’’ responde divertida.
La mujer bufa, deja de lado lo que está haciendo y esboza una media sonrisa. Se levanta, se arregla el vestido y el cabello y se dirige a la entrada. En la recepción aguarda un hombre alto, delgado, de aspecto lánguido, algo desaliñado, de anteojos. Se levanta de un salto cuando la ve.
‘’¿Usted me buscaba para…?’’ pregunta la mujer, un tanto sorprendida por la reacción del hombre.
‘’¿No te acuerdas de mí? ¿No me reconoces?’’ dice el hombre, tuteándola, como si fueran viejos conocidos que han dejado de verse por un tiempo inexorablemente perdido.
La mujer niega con la cabeza al tiempo que frunce el ceño.
El hombre se le acerca un poco y baja la voz, para crear un ambiente de intimidad inexistente. ‘’Yo te recuerdo perfectamente. Todos los días de mi vida. Fue un error haber huido, haberme casado con Mayra y no haber ido tras de ti, pero nunca es tarde’’.
Ella lo mira, perpleja: ‘’No creo que lo conozca’’, responde, manteniendo el mismo tono formal y distante del principio. ‘’Me parece que me está confundiendo con alguien. Lo siento. No creo poder ayudarlo’’.
‘’Soy Damián’’ contesta el hombre y en su tono de voz se refleja el estupor que le causa la respuesta de la mujer. ‘’¿Quieres ignorarme como todos estos años? ¿Acaso no te basta ya todo este tiempo?’’.
‘’Honestamente, no sé quién es usted. No sé de qué me habla. Le pido que se retire’’, y con un ademán firme le indica la salida.
El hombre balbucea algunas palabras: ‘’Yo..’’. ‘’Esto no…’’. ‘’No merezco…’’. Se quita los anteojos y empieza a temblar, como si no pudiera soportar el peso de su vida en ese momento. Le da la espalda a la mujer, que lo mira perpleja.
Al abrir la puerta, trastabilla un poco. Camina arrastrando los pies. En cualquier momento, pudiera perder el equilibrio, caer, como tantas otras veces; pero aun así, continua su camino, dando tumbos.
La mujer lo observa, sorprendida todavía y piensa lo difícil que debe ser la vida de ese hombre, que busca a alguien que no existe más. Se dirige a su oficina y cierra la puerta tras de sí, cosa que nunca hace. Toma el teléfono y marca un número. Del otro lado de la línea, responde un hombre, con voz pausada, que de antemano sabe que es ella quien llama: ‘’Me agarraste en la puerta. Iba a salir. ¿Viste que lindo está el día? Quería dar una vuelta por la plaza’’. Ella le responde: ‘’No deberías dejar salir a Damián. Vino a buscarme. ¿Acaso no te basta ya todo este tiempo que lleva así?’’.
Después de una larga pausa, el hombre pregunta, alzando la voz levemente: ‘’¿Te da lástima? ¿Ahora te da lástima ese espanto de persona?’’. ‘’No me da lástima, papá. Sólo que si lo dejas salir, puede hacerse daño. Además, ¿para qué dejas que lo saquen? Nos cuesta mucho dinero mantenerlo, como para que se te ocurra de vez en vez que pasee’’, responde, tratando de contener la ira.
‘’No te enojes, mi amor. A veces cuando me acuerdo, llamo a los enfermeros y les digo que lo saquen, que dejen que se airee un poco. Nada más que eso’’.
‘’Pues vino’’ responde la mujer, apretando los dientes.
‘’¡Ah! No sé cómo llegó hasta a ti. No sabe dónde estás. Nunca lo ha sabido. Pero descuida, mi vida. Papá se encargará de que no te moleste otra vez’’ contesta.
La respuesta de la mujer contiene en sí toda la rabia de la que es capaz de albergar: ‘’Más te vale, papá. Más te vale’’ y cuelga.

Respira hondo, para tratar de calmarse. Se levanta, se arregla el vestido y el cabello y se dirige a la entrada. Abre la puerta. Sonríe al tiempo que dice: ‘’Susana, ¿me traerías un café por favor. La tarde va a ser muy larga’’. Vuelve a sentarse en su escritorio y se entrega al trabajo, como siempre.

02 abril 2017

La agonía




La puerta que se activa por sensor se abre de par en par cuando la mujer se detiene por segundos enfrente, antes de entrar, resuelta, con paso firme, por el reluciente pasillo de entrada.
Sus tacones van dejando el eco del ritmo acelerado y rápido de su andar. Sabe exactamente adónde va, aunque nadie le haya dicho nada antes, aunque nadie le haya avisado, porque nadie sabe de su existencia.
En vez de tomar el ascensor, se dirige a las escaleras y sube los cuatro pisos que debe subir con el mismo ritmo constante que mantiene desde que entró al recinto.
Abre la puerta y se detiene por segundos. Mira hacia la izquierda, hacia la derecha. Constata los números de las habitaciones para encontrar la que busca. Camina entonces hacia la izquierda: 402, 401. 400.
No toca para entrar. Simplemente la abre y pasa, resuelta, como lo ha sido toda su vida. Observa al hombre que yace agonizante en la cama. No le presta atención a las personas que están también en la habitación, llorando, esperando un desenlace que ya está marcado por destino.
‘’Augusto…’’ dice, sin un dejo de ternura o compasión. La agonía del hombre pareciera ir en aumento. ‘’Augusto’’ repite, con más firmeza, como si estuviera a punto de darle una orden al moribundo. ‘’No nos queda mucho tiempo. Mírame’’ le dice sin parpadear.
‘’¿Pero usted quién es?’’ le increpa una mujer que la mira atónita. Sin inmutarse ni responder a la pregunta, toma la mano del hombre y la aprieta. El hombre empieza a reaccionar lentamente, como si aquel apretón le hubiese infundido un nuevo aliente. Abre los ojos despacio.
Las demás personas presentes en la habitación gritan asombradas y ‘’Augusto’’ y ‘’papá’’ son palabras que se mezclan en el ambiente. El hombre no presta atención a nada, solo a la mujer que sostiene su mano y a quien mira ahora fijamente.
Trata de incorporarse, pero la debilidad de su cuerpo después de meses de enfermedad, se lo impide. La mujer lo observa, sin haberle soltado aún la mano. ‘’Vine a despedirte. Es largo el camino y yo debo volver pronto a mi casa’’ le dice esta vez, en un tono suave, tierno.
El hombre respira hondo y asiente. ‘’Lo mejor de mi vida fuiste tú’’ le dice en un hilo de voz. Ella asiente y con delicadeza le suelta la mano y se acerca más. Lo besa en la frente, en las mejillas y por último en los resecos labios. Él intenta abrazarla, pero su cuerpo no responde. Llora.
‘’Me voy Augusto. Que tengas el viaje de tu vida’’ le dice y le sonríe con una sonrisa dulce, impropia en ella. El hombre cierra los ojos. Su respiración se hace entrecortada a medida que la mujer avanza, con el mismo paso firme con el que entró a la habitación, hacia la puerta.
Nadie dice nada ahora; sin embargo todos observan cómo el hombre en segundos empieza a agonizar de nuevo, hasta que arquea la espalda en un último espasmo violento, aprieta los puños y deja de estar.
‘’¡Papá! ¡No!’’ son las palabras que la mujer escucha ya cuando va caminando hacia la derecha. 400. 401. 402. Abre la puerta que conduce a las escaleras y desciende los cuatro pisos, con la misma prisa y fiereza con que antes los subió.
Atraviesa el reluciente pasillo de entrada que ahora marca su salida. La puerta que se activa por sensor se abre de par en par cuando la mujer se detiene por segundos enfrente, antes de salir, resuelta, con el mismo paso firme de toda su vida.

Camina hacia la parada de taxis. El chofer de turno le abre la puerta y ella se sienta, tranquila e inmutable, y le indica hacia dónde llevarla. Se arregla el cabello cada vez más grisáceo. Observa sus propias manos que hacía segundos sostenían la mano de Augusto. Apoya suavemente la cabeza en el asiento y dice, con voz casi imperceptible: ‘’Que tengas, mi querido, el viaje de tu vida’’.